Santiago huele a historia. Sus calles se cruzan y entrecruzan todas en una hasta llegar a la plaza del obradoiro. En sus pequeños recobecos, con un empedrado perpetuo que recuerda a tiempos pasados. Caminando solo, alguien pasa por una calle paralela, y escuchas los pasos que se alejan. Y sabes que tiene algo. Ese sonido que solo logran las películas y las calles estrechas de esta imponente ciudad.
El tiempo no corre por las paredes de Santiago. Se ha parado en algún punto de la edad media y no la deja escapar. Las esquinas suenan a gaita, a un sitar, a una flauta resbaladiza o a un tuno que perdió su banda. Gente pidiendo entre piedras que han visto pasar monturas desbocadas que iban implorar perdón a alguna de las iglesias que salpican toda la ciudad.
Pasear por Santiago tiene truco, parece pequeño pero es eterno. No es necesario un mapa porque siempre acabarás en la majestuosa catedral, inerte al paso de los siglos, resquebrajada por tantos flashes y rezos. Cuando le cae el atardecer coge ese color que solo puede coger una iglesia en Santiago, el de la piedra desgastada golpeada por una luz que se va para volver, seguramente, al día siguiente. La catedral y todos los templos se vuelven rojos, del color del cielo, y las gárgolas apostadas en lo alto de los edificios parecen cobrar vida.
Cuando llueve las piedras resbalan, y el agua corre calle abajo, en una ciudad única. Cuando cae la noche, todo cambia. El cielo encapotado se torna negro, los vendedores recogen sus macutos y la gente comienza a desaparecer. La muchedumbre deja paso a las piedras vacías, a huecos en sombra que cuentan historias de santos y meigas, a viejas encorvadas que se recogen, camino de su casa, y mascullan entre dientes el paso del tiempo.
Por las calles de Santiago van y vienen los secretos, con el golpeo característico de la gente del lugar, más despacio y seguro que el de los turistas nerviosos. Los zapatos encajan con las grandes losas de piedra, la gente se abriga el cuello para protegerse del frío que lleva el viento que lleva voces que dicen cosas.
Y así termina Santiago. Despidiéndote con la mano agachada porque sabe que volverás. Porque sabe que un día querrás volver.











